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¿Te suenan estás frases?
Quizá te preguntes: ¿qué tienen que ver realmente la humedad del ambiente y el uso de calefacción tu garganta?
Lejos de ser simples percepciones, se trata de factores ambientales que han sido estudiados durante años, y cuya relación con la irritación faríngea, la sequedad de las mucosas y la susceptibilidad a infecciones respiratorias aparece repetidamente en la literatura científica.
Además, no hablamos solo de temperaturas bajas, sino de un conjunto de condiciones como aire seco, cambios térmicos bruscos y ventilación insuficiente, que forman parte del día a día en hogares y lugares de trabajo durante los meses fríos.
En este artículo te contamos qué ocurre en tu garganta y vías respiratorias cuando disminuye la humedad, y qué aspectos de la salud respiratoria han sido asociados a estos factores en estudios científicos.
Las mucosas respiratorias forman una primera barrera de defensa inmunitaria frente a virus, bacterias y partículas irritantes. Esta protección se basa en la producción de moco, compuesto principalmente por agua y mucinas, que atrapan esos microorganismos y partículas, facilitando su eliminación al exterior mediante el movimiento coordinado de los cilios (pequeñas estructuras en forma de pelillos) (1).
Entre sus principales funciones, destacan (1-2):
Cuando la humedad ambiental cae por debajo de lo ideal (<40%), afectan negativamente la función de la mucosa: las secreciones se vuelven más espesas, la garganta se reseca y los cilios pierden eficacia, aumentando la irritación e incluso la susceptibilidad a infecciones (3).
A continuación, repasamos 7 efectos que explican por qué el invierno puede ser especialmente duro para la garganta y las vías respiratorias.
La exposición prolongada a aire seco en ambientes interiores, particularmente durante el uso de calefacción en invierno, se asocia con síntomas de sequedad e irritación en las mucosas. Cuando se resecan, se vuelven más sensibles y pueden aparecer molestias como picor, carraspera o sensación de quemazón. Mantener una humedad relativa entre 40-60% es óptimo para la salud de las mucosas y puede reducir la prevalencia de estos síntomas (4).
La disminución del aclaramiento mucociliar en condiciones de baja humedad ambiental se debe principalmente a la deshidratación de las secreciones respiratorias, lo que aumenta su viscosidad y dificulta el desplazamiento por acción ciliar. El sistema mucociliar depende de la adecuada hidratación del moco y del líquido de la superficie aérea para mantener la eficiencia en la eliminación de partículas y microorganismos inhalados. Cuando la humedad relativa es insuficiente, el moco se vuelve más concentrado y viscoso, lo que reduce la velocidad de transporte y favorece la acumulación de secreciones, partículas y patógenos en las vías respiratorias (5).
El aire seco favorece la formación de aerosoles más pequeños y estables, lo que incrementa la viabilidad y el tiempo de suspensión de partículas virales en el ambiente, facilitando la transmisión aérea (4).
No solo se afecta la garganta: los bronquios también sufren cuando el aire es muy seco. La falta de humedad puede inducir inflamación leve de la mucosa bronquial, exacerbando síntomas respiratorios en personas con asma o bronquitis crónica (6).
La combinación de aire seco, moco más espeso y mucosa irritada activa los nervios vagales aferentes en la vía aérea, lo que facilita la activación del reflejo de la tos (5,7). Se ha observado que pacientes expuestos a ambientes cálidos y poco húmedos refieren más episodios de tos irritativa (7).
La baja humedad ambiental, especialmente en interiores con calefacción, disminuye la humedad relativa y absoluta del aire, lo que puede provocar sequedad, congestión y molestias nasales. La disminución de la humedad relativa por debajo del rango óptimo (40-60%) se asocia con mayor prevalencia de síntomas agudos en las vías respiratorias y menor aclaramiento mucociliar, lo que puede facilitar la formación de costras y microlesiones en la mucosa nasal (4,8).
Dormir en habitaciones muy secas se ha relacionado con sequedad de la boca, ronquera matutina y despertares frecuentes. Niveles de humedad moderados pueden mejorar la sensación de confort respiratorio y disminuir los síntomas al despertar (4). El uso de humidificadores o el aumento de la humedad ambiental se recomienda como medida no farmacológica para aliviar la sequedad bucal y mejorar la calidad del sueño (9).
Además de una correcta hidratación y una alimentación equilibrada, existen medidas sencillas que pueden ayudar a mantener las vías respiratorias en buenas condiciones:
El otoño avanza, los días se acortan y la luz natural disminuye: señales claras de que el invierno se acerca. Para muchos, esta época trae consigo una sensación de cansancio, fatiga, apatía o incluso tristeza. No es casualidad: la reducción de horas de sol influye directamente en la producción de serotonina lo que contribuye a cambios en el estado de ánimo.
En este artículo te explicamos la relación entre luz solar, serotonina y triptófano, y cómo mantener el equilibrio emocional durante los meses con menos luz.
La luz solar regula múltiples procesos biológicos, entre ellos la síntesis de serotonina y melatonina, dos hormonas estrechamente relacionadas con el bienestar y el sueño.
Durante el día, la exposición a la luz estimula la producción de serotonina (1). Por otro lado, la melatonina, aumenta en condiciones de oscuridad prolongada. Además, el exceso de melatonina durante periodos de baja exposición solar puede contribuir a síntomas depresivos, somnolencia y alteraciones del ritmo circadiano (2).
Así, cuando los días son más cortos, como en noviembre, recibimos menos luz natural. Esto puede reducir la síntesis de serotonina, afectando el ánimo, la energía y la motivación.
El triptófano es un aminoácido esencial que el cuerpo no puede producir por sí solo, por lo que debe obtenerse a través de la alimentación o de complementos nutricionales. Puedes descubrir más sobre este aminoácido en nuestro anterior blog: Impulsa tu estado de ánimo de forma natural: Los secretos del Triptófano.
Su principal función es servir como precursor para la síntesis de serotonina, mediante una ruta metabólica que requiere la participación de vitamina B6 y magnesio como cofactores. Además, la vitamina B3 está implicada en esta vía metabólica ya que el triptófano también puede ser convertido a niacina a través de la vía de las quinureninas (3).
Esto significa que una ingesta adecuada de triptófano en la dieta influye en la producción de serotonina y ayuda a mantener un equilibrio emocional óptimo, especialmente en épocas con menor exposición solar (4).
¿Te sientes identificado/a? Durante el otoño y el inicio del invierno, muchas personas reportan síntomas como:
Estas manifestaciones pueden estar relacionadas con un desequilibrio en los niveles de serotonina o una menor disponibilidad de triptófano. Además, el estrés, frecuente en esta época del año, puede consumir mayor cantidad de este aminoácido, reduciendo aún más su disponibilidad para la síntesis de serotonina (5).
Existen diversos hábitos que pueden favorecer la producción natural de serotonina:
Estos hábitos pueden ayudar a reducir la sensación de cansancio y mantener un estado de ánimo estable durante el otoño e invierno.
Seguramente has oído hablar de la dieta mediterránea, pero quizá te preguntes: ¿qué tiene de especial para tantos profesionales de la salud la recomienden tanto?
Lejos de ser una moda pasajera, se trata de un patrón de alimentación tradicional que ha sido objeto de numerosos estudios científicos durante décadas, y en los que se ha observado una posible relación con beneficios en la salud cardiovascular y el bienestar general.
Además, no se basa en restricciones estrictas ni en contar calorías, sino en priorizar alimentos frescos, de temporada y fáciles de encontrar, que forman parte de la cultura culinaria de muchos países.
En este artículo te contamos qué es la dieta mediterránea y qué aspectos de salud se han asociado a este estilo de alimentación en la literatura científica.
La dieta mediterránea se ha descrito como el estilo de alimentación tradicional de diversos países que rodean el Mar Mediterráneo, como España, Italia o Grecia. Su interés no reside únicamente en los alimentos que la componen, sino también en el estilo de vida que la acompaña.
Entre sus principales características, destacan:
Diversas investigaciones científicas han asociado la dieta mediterránea con posibles beneficios en la salud cardiovascular, la prevención de ciertas enfermedades metabólicas y una mejor calidad de vida. Sin embargo, es importante recordar que no existen dietas “milagrosas”: la dieta mediterránea se considera un modelo saludable dentro de un estilo de vida global que incluye ejercicio físico, descanso adecuado y hábitos sostenibles en el tiempo.(1)
La dieta mediterránea se asocia con una menor incidencia de enfermedades cardiovasculares, como infarto de miocardio o accidente cerebrovascular. Esto se debe, en parte, a su riqueza en grasas monoinsaturadas (principalmente procedentes del aceite de oliva virgen extra), así como al consumo habitual de frutas, verduras y pescado.(2)
Se ha observado que la dieta mediterránea contribuye a la reducción de los niveles de colesterol LDL (colesterol malo) y triglicéridos, al mismo tiempo que favorece el aumento del colesterol HDL (colesterol bueno), ayudando así a mantener una mejor salud arterial. Alimentos como el aceite de oliva, la alcachofa y los cereales integrales ayudan a mantener a raya el colesterol malo.(3)
Gracias a su aporte de potasio (frutas, verduras y legumbres) y compuestos antioxidantes como los polifenoles (presentes en el aceite de oliva, la uva o el olivo), se asocia con reducciones en la presión arterial sistólica y diastólica, lo que puede disminuir el riesgo de hipertensión.(3)
Frente a la alimentación rica en azúcares añadidos y productos ultraprocesados, la dieta mediterránea destaca por su contenido en antioxidantes en vegetales y frutos secos. Estos nutrientes se han relacionado con la reducción de marcadores inflamatorios en el cuerpo.(4)
La fibra de los cereales integrales, frutas y verduras, junto con determinados compuestos bioactivos de origen vegetal, pueden mejorar la sensibilidad a la insulina y también ayuda a regular los niveles de glucosa en sangre, reduciendo la probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2.(3,4)
El consumo habitual de alimentos fermentados (como el yogur) y ricos en fibra favorece la presencia de bacterias intestinales beneficiosas, productoras de ácidos grasos de cadena corta. Este efecto se ha relacionado con una mejor salud metabólica e inmunológica.(5)
No es casualidad. En poblaciones donde se mantiene de forma tradicional la dieta mediterránea, se ha observado una mayor esperanza de vida y una menor incidencia de enfermedades crónicas. También se ha asociado con un menor deterioro cognitivo y una mejor calidad de vida en edades avanzadas.(6)
Además de mantener una alimentación equilibrada, practicar deporte de manera regular y cuidar hábitos como el descanso o la gestión del estrés, algunas personas optan por incorporar complementos alimenticios de origen vegetal.
Estos productos pueden contener nutrientes y compuestos bioactivos que han sido objeto de investigación científica en relación con el metabolismo de los lípidos, la protección celular y el mantenimiento de parámetros de salud.
Un ejemplo es Tecnigen Lipidcol Plus, que combina ingredientes relacionados con el cuidado del sistema cardiovascular:
Todo ello hace de Lipidcol Plus un complemento pensado para quienes desean cuidar su sistema cardiovascular como parte de un estilo de vida saludable, siempre dentro de una dieta equilibrada y siguiendo las recomendaciones de profesionales sanitarios.
La dieta mediterránea no es una moda pasajera: es un estilo de vida respaldado por décadas de estudios científicos.
Adoptarla supone favorecer la salud cardiovascular y el bienestar general, siempre en el contexto de un estilo de vida que combine ejercicio, descanso adecuado y hábitos sostenibles en el tiempo.